
Yo soy Aurelio Mazún, provengo de una familia humilde, maya y campesina. Crecí trabajando desde muy pequeño con mi difunto abuelo, Justiñano Mazún, quien me dotó de todo el conocimiento de la naturaleza: desde cómo empezar la milpa pidiendo permiso a los guardianes del monte para que venga una buena cosecha, hasta dar primicia para agradecer los frutos recibidos. Tras su fallecimiento, él me dejó este legado y me dijo que yo debía seguir con este trabajo; ahora me toca a mí trabajar nuestra madre tierra, que nos provee de alimentos como el maíz, el frijol y la calabaza. Estos son los tres cultivos principales que nunca deben faltar en la milpa de un maya, porque son la base de nuestro sustento, seguidos por la yuca, el macal y la piña. Este año tuvimos una cosecha bendecida porque llegaron las lluvias a tiempo y ya hay elotes; mi deseo es que este conocimiento llegue a cada persona para que vean la importancia de que la milpa nos dé alimentos sanos, 100% naturales y libres de pesticidas. Mi abuelo me enseñó que hay cuatro tipos de semillas de maíz (blanca, negra, roja y amarilla) y yo las siembro año tras año para guardarlas, porque quien un día quiera plantar, yo con gusto le comparto de mi semilla.
El ser maya

En el andar de este mundo he escuchado a muchos decir que la maya es una cultura o que los mayas ya desaparecieron, pero la verdad que sale de mi corazón es que la maya no es una cultura ni una simple palabra: es un estado del ser. La palabra maya significa “sin dolor” (Ma y Ya). Uno se pregunta cómo es posible llegar a un estado donde no te duela nada, y es que para nosotros no existía el miedo a perder porque sabemos que en este mundo nada es nuestro; todo es materia, incluso el cuerpo y el espíritu pertenecen a la gran luz. Nuestros ancestros no se preocupaban por tener terrenos o dinero, vivían como los pajaritos que no se angustian por el mañana porque la naturaleza se los daba todo. No es que los mayas se hayan acabado, es que la humanidad se ha desconectado de la tierra, del abuelo sol, del agua y del fuego, que son el equilibrio del mundo. Para ser un verdadero maya hay que despertar esa sabiduría que está dormida, dejar atrás la avaricia y caminar con amor y abundancia. Yo no puedo decir que ya soy un maya completo porque todavía sufro, pero cualquiera, venga de donde venga, puede alcanzar ese estado del ser y ser un verdadero maya si camina siempre con el corazón abierto.
El cuento de la ardilla y la palomilla

Mi abuelito me contaba mucho este cuento cuando nos quedábamos en la milpa. Dice que un día la palomilla estaba en su nido y le llegó el mensaje de que venía una tormenta muy fuerte. Ella quería salir a buscar mucha comida para estar preparada, pero no podía dejar solos a sus dos hijitos. En eso cruzaba la ardilla y la palomilla le dijo: “Oye, no seas malito, cuídame a mis hijitos mientras voy por comida”. La ardilla aceptó, diciendo que ya sabía que la tormenta venía fuerte. Sin embargo, cuando la palomilla regresó, no encontró ni a la ardilla ni a sus hijos. La pobre palomilla empezó a llorar mucho y cantaba “coctusen, coctusen”, queriendo decir que la ardilla la había mentido y se había aprovechado de ella para llevarse a sus hijos en lugar de ayudarla. Esto nos deja como enseñanza que en este mundo no hay que confiar demasiado en las personas; hay que ver quién tiene realmente un buen corazón lleno de amor y quién hace los favores esperando algo a cambio o movido solo por el interés.




